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sábado, 21 de diciembre de 2013

Mi papá militar (My army dad) -Relato

El siguiente relato es una traducción libre de My army dad, publicado orginalmente -al menos que yo sepa- en 1998 en la web de relatos eróticos Nifty stories. Comencé la traducción sin terminar de leer el relato. A la mitad me di cuenta de que me estaba quedando demasiado largo para publicarlo en blogger. Pido por ello disculpas.  No por publicarlo, sino por el formato tan incómodo de leer. Por supuesto, he añadido cosas de mi cosecha al relato, y he suprimido otras. Espero no cansaros. Saludos.



Mi papá  militar. (My army dad, by Man45yearsold)

Ahora a mis 18 años recuerdo una historia muy especial de aquellas que sólo suceden entre hombres. Y es muy especial porque sucedió entre mi padre y yo.
Cuando yo era un muchacho de apenas 15 años mi papá era sargento en el ejército. Estaba destinado en Fort Sill, Oklahoma.  Ahí vivíamos. ¡La de veces que mi padre me llevaba fuera de la base por un corte de pelo, o simplemente de compras  y a comer una pizza! Teníamos que atravesar las ondulantes colinas de Oklahoma cociéndonos al sol de la tarde.  Recuerdo que al salir de la base yo siempre estaba al acecho de los tanques, mientras me reclinaba en la ventanilla abierta del coche,  y el aire caliente soplaba directamente sobre mi cara. De vez en cuanto me fijaba en algún tanque renqueante  moviéndose junto a los hombres envueltos entre el polvo que este levantaba a su paso. Mi visión del ejército,  a esa temprana edad, era tan ingenua como romántica.  Para entonces yo ya sabía que me atraían los hombres. Muchas noches en mi cama de adolescente, fantaseaba sexualmente antes de dormirme,  con Ben Affleck en Pearl Harbor o con George Clooney en Tres Reyes o con el Sargento de la serie de televisión Hazañas Bélicas. Como véis, mi imaginación era muy cinéfila. Pero sin lugar a dudas me atraía mi papá, quien en todas mis fantasías siempre era el mejor sargento. Y aunque en realidad no comprendía totalmente mi sexualidad, si sabía que me atraía la desnudez masculina y mi cuerpo desnudo más deseado era el mi propio padre.  Y como entonces él no era nada modesto, por suerte para mi,  tuve muchas oportunidades de contemplar la desnudez de su cuerpo sin tener que salir de casa.  Apenas entrado en sus cuarenta, mi papá era aún un hombre robusto, de estómago plano, y peludo en la mayor parte de su cuerpo ¡Hasta incluso presentaba algunas matas de pelo negro en el dorso de sus dedos! A mi me parecía el hombre más sexy del mundo.
Un día llegué del instituto y le hallé recostado en su sillón, con sus pies apoyados en un taburete cercano.  En la mesita contigua, cuatro latas de cerveza arrugadas delataban que había estado bebiendo. Mamá no se hallaba en casa. Se marchó en la mañana temprano, a cuidar del abuelo que vivía con la abuela, en Kansas City. Yo sabía que mi papá dormía a pierna suelta la mona, así que sigilosamente deposité mis libros y demás material escolar sobre la mesa de la cocina y volví hacia donde estaba él. Permanecí de pie a su lado, en silencio, contemplando absorto el vaivén de sus manos apoyadas sobre su henchida barriga cervecera, meciéndose al ritmo de su pausada respiración.  Vestía una sudada camiseta blanca y llevaba puestos sus pantalones del ejército así como calzadas las botas de combate.  Como empujado por un resorte me arrodillé frente a él y le acaricié suavemente el vello de sus brazos. Me sentí extasiado al hacer eso y me encantó la sensación del roce de sus vellos bajo la palma de mi mano. Pero de pronto, mi papá tosió un poco, y abriendo sus somnolientos ojos pareció tomar consciencia de dónde se hallaba tras la ingesta del alcohol. Me miró sorprendido y dijo:
-¿Qué estás haciendo, hijo?
Sonreía.
-¿No le traerías una cerveza a tu padre, muchacho?
-¡Claro, papá! –contesté yo fastidiado, saliendo a toda velocidad de mi encantamiento. Y como a mi me gustaba hacer cosas por mi padre, me marché a la cocina a por su cerveza. Cuando me fui a por ella, sus ojos se cerraron de nuevo. Al regresar, estos se abrieron de nuevo, justo cuando le entregué la fría lata de cerveza.  Él retiró la anilla, y acercando la obertura de la lata a su boca, tomó un largo trago y suspiró. Luego, tras depositarla en la mesita, junto a las demás latas arrugadas, alzó su brazo y al hacerlo arrugó el rostro:
-¡Vaya, nene! – exclamó arrugando también su nariz- Creo que ha llegado la hora del baño para papá. ¿Me ayudas a quitarme las botas, hijo?
Yo ni siquiera le respondí. Simplemente agarré su pié y sentándome en el taburete, coloqué la primera bota sobre mi regazo y comencé a aflojar las largas correas cerosas. A medida que el cierre se fue abriendo, el más embriagador de los perfumes de su sudado pie llenó mis fosas nasales. Su pie no apestaba, sólo olía ligeramente a sudor. Y procesando aquel olor en mi cerebro mi polla de quince años se encendió.  Aún así yo no perdía concentración con lo que estaba haciendo. Y cuando me pareció que las correas de sus botas estaban lo suficientemente flojas tiré con todas mis fuerzas. La bota salió sola, y con ella el calcetín blanco que usaba mi padre, el cual cayó sobre mi entrepierna. En este punto, mis jeans se habían convertido en una tienda de campaña que hervía. El punto de ebullición subió de golpe cuando mi padre agarró el calcetín húmedo para meterlo en la bota vacía… ¿Notó mi erección?  
-¡Vamos nene, la otra! –exclamó mi padre medio dormido.
Repetí presto la operación y al salir la bota, su pie se encastó directamente sobre mis huevos. Fue un golpe muy suave, no hubo dolor. Pero extrañamente pude notar como los dedos de sus pies se movían nerviosos sobre mi bragueta… ¿Qué hacía? ¿Trataba de cerciorarse de mi erección? Pronto escuché el click de la hebilla de su cinturón y entonces mi padre me pidió que le ayudara con los pantalones. Ya se había desbrochado el cinturón y los botones de su pantalón. Retiró sus pies de mi regazo mientras aún se removía los pantalones. Estos se deslizaron hacia el suelo cuando él levantó su prieto culo del sillón y yo me senté directamente sobre el parquet del suelo contemplando su porte militar. Mi papá sonrió un poco. Era una media sonrisa que se ensanchó un poco cuando me tendió su brazo para que yo me levantara del suelo.
-¡Estas sudando, hijo! –dijo él aún con su media sonrisa a cuestas. ¿Acaso estás agotado? –me preguntó. Y a continuación se llevó una mano a su entrepierna,  restregándose casualmente el bulto masculino en sus bóxers.  Yo ya estaba a cien. Hervía por dentro. Mi corazón de adolescente se aceleraba, desbocado en mi pecho, ante la visión del bulto de mi padre, invocado mil veces en mis fantasías.
-Y ahora ayúdame –me ordenó él ajeno a mi calentura.
Entonces se sacó la camiseta, mostrándome el espectáculo de torso peludo, mientras bostezaba un poco, agarrándose el vientre hinchadito de cerveza con ambas manos.  En medio de otro bostezo dejó caer su sudada camiseta al suelo y se dirigió con paso inseguro al cuarto de baño. Fue ahí cuando me di cuenta de que mi papá estaba un poco ebrio.  Y no se cómo fue, pero le seguí sin esperar nada más. El me hablaba del tiempo, de lo caluroso que había sido el día, de la base militar, de su trabajo… En fin, poco a ningún interés tenía aquella conversación… Pero yo me aseguré de que siguiera con la plática aún a riesgo de me echara de allí. Cuando lleguemos a las baldosas azules, frente a la bañera, mi papá se quitó sus bóxers sin ningún pudor y se sentó en la taza del inodoro, no antes de que yo le echara un vistazo fugaz a su polla.  Me encantaba su rabo.  Carnoso, fuerte como él, y un poco grueso.  Y mientras él orinaba, yo me preguntaba una vez más como era posible que pudiese hacer sus cosas, así sin ningún tipo de vergüenza, estando yo delante. Llegué a la conclusión que mi padre, como militar profesional, estaba acostumbrado a hacerlo todo rodeado de otros hombres. Y con esos pensamientos abrí el grifo de la bañera y dejé correr el agua.
-¡No muy caliente, por favor! –me pidió él. Y le obedecí jugando con los grifos intentando buscar la temperatura adecuada para su baño.




Cuando la bañera estuvo medio llena,  él se levantó de la taza del inodoro, y sorteando sus boxes tirados en el suelo, bostezó de nuevo alzando ambos brazos a la vez, exponiendo nuevamente su velludo torso. Eso me dio una nueva oportunidad de contemplar su polla, imaginando las escenas que añadiría esa noche a mis fantasías sexuales de antes de acostarme, en las que él sería el protagonista más exclusivo. Yo no sé si él se dio cuenta de que yo le miraba, pero me sonrió vagamente antes de entrar en la bañera. Sus ojos brillaban, o eso me pareció. Una vez dentro del agua, se estiró cuan largo era y cerró los ojos. Permaneció ahí un rato, con los ojos cerrados. Y yo miraba absorto su flácido miembro viril que parecía flotar y mecerse en el agua caliente. Quizás para romper el hechizo de tan calenturienta visión le pedí si le podía frotar la espalda, como solía hacer yo cuando era pequeño.  Accedió, pasándome una esponja enjabonada, al tiempo que se reclinaba en la bañera para que yo pudiera acceder a su espalda peluda. Ahí bajo, la grieta de sus nalgas sobresalía del agua de una forma cautivadora, como un accidente geográfico en la costa. Pese a ello, comencé a enjabonarle su espalda muy despacito y papá dobló sus rodillas y recostó su rostro en ellas mientras se dejaba hacer. Mientras le frotaba la espalda me quedé pensando en lo afortunado que era tener un padre tan guapo y acaso tan sumiso. Al poco los reflejos de la luz fluorescente sobre el agua me mostraron de nuevo su  polla flotando en el agua… Pero de pronto, él se recostó de nuevo y sonriendo me agarró la mano con la que sostenía la esponja y la acercó hasta su pecho. Nunca antes lo había hecho y frotarle el pecho a mi padre podría ser una experiencia tan espectacular como lo había sido frotarle su espalda. Así que bueno, me dejé llevar y me sorprendí a mismo poniendo más gel de baño en la esponja, para ir pasándosela por ambos lados de la cara, bajar por su cuello, continuar por sus hombros y afrontar su velludo pecho. Mi polla estaba dura como una roca. Me dolía la erección.  Y preocupado como estaba yo por mi propia polla, no me di cuenta de lo que le estaba pasando a él al llegar a frotarle sus pezones con la esponja enjabonada: tenues gemidos de placer escapaban de su boca. Sonaba parecido a como cuando yo me hacía una paja. Quiero decir que yo también gemía un poco ¡Aquello era increíble! ¡Mi propio padre! ¿Realmente a los hombres les gusta que les soben los pezones? A mis quince años de edad yo no lo sabía aún. Pero quise averiguarlo.
Tomando ahora el jabón entre mis dedos se lo apliqué directamente sobre sus pezones, frotando sus tetillas entre mis dedos. Nuevos gemidos me confirmaron que en efecto, a los hombres, por los menos a algunos y entre ellos a mi padre, les gusta que les acaricien los pezones. Por si no estaba lo suficientemente convencido de ello, ahora su polla, erecta, emergía del agua como una culebra.  La mía, en los confines de mis jeans, iba a reventar ella sola. Y bien sabía Dios que otro tanto de lo mismo sucedería con mis huevos.
Debí de dejar escapar algún gritito ahogado imaginándome que eso podría llegar a ocurrirme.  Ya no sabía lo que hacía, hasta que la voz de mi padre llegó a mis oídos, alta y clara.
-¡Vaya, vaya! –exclamó él con su media sonrisa, y una mirada algo vidriosa- ¡Si parece que a ti te guste mirar la verga de tu padre!
Por su tono de voz no alcancé a saber si me estaba regañando, o si simplemente se trataba de una observación surgida en un destello de lucidez. Así que fui sincero en mi respuesta sin calcular en las consecuencias.
-Me parece que así es, papá- le contesté. ¡Y se te ha puesto bien dura! –añadí.
-¿Acaso la tuya no se te pone bien dura a veces, hijo? –me preguntó él sin cambiar de postura, aún recostado en el agua- Con tu mamá fuera estos días, no se necesita mucho para que se ponga así, hijo mío –murmuró



Silencio entre los dos, sólo rato por algún chapoteo ocasional. Y en medio de eso, nuestros ojos clavados en los del otro.
-Y en algún momento tendré que pajearme, como haces tú –dijo él-  ¿No querrás ver eso también, no? Yo ni siquiera pensé que él se masturbaría ahí mismo en la bañera, frente a mi, recostado en el borde. Pero sí tenía muy claro que de hacerlo, me gustaría mucho llegar a verlo. Olí su aliento a cerveza y me pregunté si acaso era ésa la razón por la que me había dejado seguirle hasta el baño, enjabonarle la espalda, jugar con sus tetillas…
Entonces con un movimiento rápido, casi marcial, saltó del agua y agarrando una toalla colgada en la pared se secó sin muchos miramientos… Su pene seguía igual de duro, grueso, apuntando al techo… Le seguí hasta su habitación. Ahí las fotos de mi madre, colocadas sobre la mesita de noche, me hablaron de culpabilidad, así que las empujé a un lado. Él lo vio y dijo con voz fuerte:
-¡Esto es entre tu y yo muchacho! Es nuestro secreto.
Y señalando las fotografías apartadas añadió:
-¡Tu madre nunca jamás debe saber nada sobre esto! ¿Estás de acuerdo? ¡Esto es entre hombres!
-¡Claro papá! -asentí. ¡Dios! Me notaba hervir por dentro. Mi polla dolía, y mis cojones reventarían y si no pasaba gran cosa, saldría corriendo de su habitación para encerrarme en el baño y hacerme el padre de todos los pajotes… Pero mi papá se sentó al borde la cama y yo me quedé en pie casi rozando mi rodilla con la suya. Su esbelto cuerpo peludo olía a baño, olía hombre, olía a mi padre… El abrió un poco sus muslos como haciéndome la ofrenda de su propio sexo, alzado al aire, duro, grueso y caliente.
-¿Quieres tocarme, hijo? –preguntó en un susurro.
Y asiendo mi mano, la guió hasta el tronco de su pene, el cual pareció palpitar un poco cuando lo toqué. Él suspiró y yo agarrando su virilidad inicié un leve movimiento de vaivén. Suspiró profundamente, pero entonces puse mi mano sobre su húmedo prepucio, y haciendo movimientos rotatorios sobre su glande con una mano, con la otra tiraba del tronco de su rabo arriba y abajo…
-¡Ostia hijo qué bueno! –suspiró él.
Pronto unas gotas de líquido pre-seminal surgieron  espontáneamente del orificio uretral.  Asustado, pensé que mi padre se estaba corriendo… ¿Ya? ¡Pero si no había hecho gran cosa aún!
-¡Mmmmh! –gimió - ¿No te gustaría que te enseñara cómo hacerme un buen pajote, nene? –me preguntó con voz soñadora.
-Pon tus manos alrededor de mi polla, como hiciste antes muchacho –me ordenó- Y ahora muévelas arriba y abajo muy suavemente…
Yo hice lo que me pedía, moviéndome como un autómata. Tal vez fue el uso de la palabra polla. Era la primera vez que oía a mi padre decir esa palabra delante de mi. Y eso me excitó aún más. En mis pantalones, mi rabo luchaba por reventar los botones del cierre de mis jeans, y no era una sensación muy agradable.  Pero mientras tanto,  y ajeno a mis ansías juveniles, mi papá puso sus manazas peludas sobre las mías, y me guió en el ejercicio masturbatorio para mostrarme  tal y como a él le gustaba que se lo hicieran.
-¡Oh hijo mío, qué rico se siente! –suspiró- ¿Te gusta hacerme esto, nene?
Yo simplemente asentí y continué con la faena. Para mi sorpresa, vi como de nuevo dos gotas de precum se habían formado en la punta de su polla.  Iba a restregar esas gotas con el dedo sobre su glande cuando mi padre me detuvo y dijo:
-¡Ahora quiero que me la chupes, muchacho!


Me dio un vuelco el corazón. ¡Cuántas veces en la soledad de mi cama, con mi polla tiesa y dura, había imaginado la misma escena! ¡Mi padre ofreciéndome su gruesa verga para que se la mamase! Y ahora mi fantasía iba a hacerse realidad. Me arrodillé entre sus velludas piernas y acercando mi cara a su entrepierna lamí aquellas gotas con toda la delicadeza de que fui capaz. La sensación de lamer su orificio uretral por donde había manado aquellas gotas casi me tumba. Después me lancé a lamer aquello que había sido mío en todas mis fantasías: su gran polla. Papá se sobresaltó, puesto que no esperaba aquello, y pronto comenzó a gemir muy profundamente.
-¡Oh nene, voy a correrme! –exclamó poco después.
Y su polla se sacudió violentamente.
-¡Me corro! –gritó
Yo me la saqué de la boca en ese momento, como quien escupe algo con pocos miramientos, pero pude ver como dos grandes chorros de semen blanco, salían disparados desde la punta su rabo. El primero aterrizó directamente en su cuello.  El segundo sobre su pezón derecho, como nata derramada sobre su torso. Un tercero y un cuarto cayeron sobre su estómago. Cuando eso sucedió me di cuenta de mi papá agarraba su pegajosa verga con ambas manos, y de ella aún manaba un poco más de lefa. Su estómago y su torso,  aparecían ahora pegajosos por la leche derramada, y por el sudor. El olor a sexo estaba en el aire, aunque su pene ya comenzaba a volver a su tamaño normal. Nunca en la vida hubiera imaginado que un hombre pudiera correrse de ese modo, lanzando esos chorros leche al aire. Ni siquiera en la más caliente de mis fantasías.
-¡Gracias hijo! –exclamó él – ha sido genial. Y ahora ven aquí.
Agarrándome del brazo, tiró con fuerza para que yo me pusiera en pie. A continuación me empujó sobre el borde de la cama, en un gesto que tenía muy poco de camaradería. Yo caí bocarriba, con las piernas abiertas. Me estaba incorporando cuando las manos de mi papá, que iban subiendo por piernas, se detuvieron en mi bragueta… ¡Me estaba sobando mi propio padre!
-¡Menuda tienda de campaña tienes ahí abajo, nene! –exclamó.
Y luego todo sucedió mi rápido: desabrochó los botones del cierre de mi pantalón y yo no opuse resistencia alguna. Introdujo sus fuertes manos en mi ropa interior y agarró mi polla, como si quisiera sopesarla.
-¡Papá qué haces! –exclamé entre asustado y agradecido porque al fin mi rabo había quedado liberado de la presión que ejercía la tela de mis jeans. Seguidamente hizo lo que pudo por bajarme los pantalones hasta la rodilla. Yo le ayudé arqueando un poco la espalda, facilitándole un poco la tarea.
-¡Vaya hijo! –dijo  firmemente contenplando mi verga tiesa- ¡Vas a reventar si alguien no pone remedio!
Y simplemente engulló mi polla hasta su base, sobre mis cojones. Yo sentí como electricidad recorriendo mis testículos, desde la base de mi verga hasta la punta, que cuando rozaba con su paladar me hacía estremecer sin poder controlarme. Ahullé de placer, en esa mi primera mamada, y me corrí, entornando los ojos con grito quebrado en mi voz de adolescente. Cuando los abrí vi que mi padre tenía nuevos chorros de leche resbalando de su cuello y pecho. ¡Mi propia leche!


-Y ahora muchacho, vamos a limpiarnos los dos – me ordenó.
Camino del cuarto de baño me dijo:
-¿Esto te ha gustado, hijo?
Yo asentí, mirando de soslayo hacia su polla lacia.
-¡Esto ha sido genial, papá! –fue lo único que se me ocurrió decir.
Antes de entrar los dos en la bañera, bajo la ducha, mi padre puso una mano sobre mi hombro, y me miró a los ojos serénamente, por primera vez. Tras un momento en silencio murmuró:
-Recuerda. Esto es entre tú y yo. Ni una palabra a nadie.
Y aún hoy que recuerdo aquella experiencia con él, me dan ganas de abrazarle. Pero no puedo. Hace unos dos años fue destinado a Pearl Harbor, en Hawaii. Mi madre no quiso acompañarle, alegando motivos familiares, dado que la salud de mi abuelo, el de Kansas City, había empeorado. Mantenemos el contacto por teléfono, y nos vemos un par de veces al año, y poco más. Aún así yo le sigo queriendo, y estoy decidido a seguir sus pasos en la carrera militar.

Recién ingresé en West Point.

Autor: Man 45yearsold y Watchingyou.

2 comentarios:

  1. Las mejores experiencias quedan en casa y ...por qué no?

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  2. A si fue con mi padre pero mas caliente

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