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jueves, 31 de marzo de 2016

El hijo de mi vecino. Parte 2 (Resubido)

Del estudio Men.com.


Protagonizado por Rafael Alencar, Jack Radley y ZacStevens.



A Jack Radley le encantó el pene de Rafael Alencar tanto que a su compañero de la universidad Zac Stevens le contó todo sobre él. Zac no pensaba conformarse con lo que le contó Jack, así que ambos deciden hacer una pequeña visita a la casa de Rafael, mientras que su mujer está de compras. A Rafael no parece gustarle la idea al principio, pero pronto se encuentra taladrando los agujeros de ambos chicos con su enorme verga.

domingo, 27 de marzo de 2016

sábado, 26 de marzo de 2016

Del tal padre, tal hijo. (Relato) - Primera Parte


El relato que estás a punto de leer viene calentito directamente desde México -no por avión, sino vía email- De entrada puede parecer que es demasiado largo,.. ¡Pero valdrá la pena leerlo! Un saludo para su autor, N. Argueta y otro extensivo para todos los seguidores de México -¡¡mis cuates!!-
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LA LLEGADA.
Alex se bajo del taxi y tras estirar su adolorido cuello, contempló los edificios que se levantaban ante él. Las moles de concreto dominaban la calle con su agradable color azul. Tras verificar la dirección, el chico se prestó a sacar su pesada maleta del auto; el taxista ya lo esperaba al lado de la cajuela. Tras recuperar su equipaje, pagar y agradecerle al conductor, emprendió su camino  hacia el que esperaba fuera su nuevo hogar. Verificó su reloj. Apenas pasaban de las 2. Lo peor es que nadie sabía que estaba ahí; bueno, tal vez su madre lo imaginaria pero últimamente estaba tan alterada que sólo Dios sabía lo que pensaría en ese momento. Además ella ya no le  importaba, no más; no después de lo que había hecho. Quien era importante era él mismo y la persona que vivía en ese edificio y que no sabía nada de su presencia ahí en ese momento.  ¿Cómo iba a explicarle? ¿Entendería? Tenía que hacerlo.  Se suponía que se parecían. Su madre se había asegurado de dejar eso muy claro. No debería temer, se dijo. Después de todo, ya había escapado de su casa y tomado un vuelo desde Monterrey hasta el Distrito Federal. Ahora este último paso debería ser más fácil. Así que reuniendo todo su valor echó a andar de nuevo. Tras avanzar algunos metros, Álex se dio cuenta que había entrado por la parte incorrecta del edificio. Ante él se extendía un camino empedrado que cruzaba un prado muy bien cuidado, con setos rodeando los muros, algunas flores y un enorme árbol al centro.
                - No está mal – se dijo en voz alta – Es un buen lugar para correr en las mañanas.
              Curioseando por el área, se asomo a la ventana más cercana, la cual yacía semi oculta por las ramas del seto al pie del muro. Dentro observó la habitación de alguien; a pesar del desorden general, el cuarto parecía amplio y agradable. Pero no fue si no hasta que contempló con mayor atención la cama, que se dio cuenta de lo que había sobre ella: frente a él, desnudos y enlazados en un abrazo carnal, había dos chicos. Él mayor era bastante alto; tenía un físico impresionante, de espaldas anchas y pecho poderoso. Brillante por el sudor que corría por su piel; su rostro de facciones angulosas estaba contraído en un rictus estático. Sus caderas embestían con furia a otro chico visiblemente más pequeño, de cuerpo delgado y piel blanca, quien se retorcía frenéticamente presa de dolor o de placer, Álex no podía decirlo. La visión de aquellos chicos entregándose el uno al otro le dejó embelesado.  Había cierta sordidez, cierta furia en aquel acto, tal vez por eso le parecía tan deseable.
Un súbito gruñido del chico mayor devolvió a Álex a la realidad. Dándose cuenta de su precaria posición de mirón indeseado, se tiró al suelo esperando haber pasado desapercibido. ¿Lo habían visto? ¿Harían algo al respecto? ¿Podría asomarse de nuevo? ¿Podría robarle una mirada más a esa envidiable intimidad que él no había podido experimentar aún?
Álex intentó levantarse. Su corazón golpeaba febril contra su pecho. Una sensación de miedo y deseo le corrió por las venas, quería ver más. Con el deseo por lo prohibido acicateándole la razón, se irguió lentamente. Tras lo que le pareció una eternidad se encontró de pie frente a la ventana nuevamente.  Buscando un mejor ángulo encontró un pequeño rincón donde las espesas ramas del seto lo ocultarían parcialmente, y a menos que lo buscaran activamente, sería difícil de descubrir.
Asegurado su anonimato, Álex se llenó de aquella visión. No era sólo el simple placer del voyeur. Era algo más aun que contemplar lo prohibido; era el acto, el como aquellos dos chicos unían más que sus cuerpos y almas. Y es que a pesar de la fuerza de todo el proceso, era como ver a un demonio haciéndole el amor a un ángel. Álex se quedó ahí llenándose la mirada y el corazón de aquella intensidad, al mismo tiempo que la envidia lo envenenaba, pues sabía que se pertenecían el uno al otro y él no le pertenecía a nadie. 
Un ruido en la puerta del cuarto interrumpió a los amantes. Álex consideró prudente retirarse en ese momento; sin el contacto que mantenían aquellos chicos su atención podría dirigirse a su escondite. De mala gana se alejó de la ventana, se arregló la ropa y siguió su camino, no sin antes desearle lo mejor a los amantes a los que les acababa de robar un momento de su intimidad. Y aunque se había pasado poco más de una hora en esa ventana,  a pesar de que nadie lo esperaba, decidió darse prisa. Cruzó el jardín con pasos veloces y rodeó el edificio hasta que dio con una puerta de cristal: su primera frontera. Tras probar la puerta y ver que estaba abierta, inició la penosa subida hasta el sexto piso. A pesar de que Álex estaba en forma, el ascenso resultó una paliza; el subir seis pisos cargando una mochila y una enorme maleta, ambas llenas a rebosar, resultó un reto. Al llegar al sexto piso se tomó un descanso para recuperar el aliento y masajearse el adolorido y tenso cuello. No sabía en que momento se lo había torcido, pero llevaba rato molestándole. Ya mas recuperado levantó la mirada. Frente a él estaba la puerta a la que debía llamar. Con aprensión contempló cada detalle, la textura, el material, las formas, los recuerdos…
- ¡Por dios! – se dijo tras cinco minutos de inmovilidad – Si, es una puerta. Sigue siendo de madera, y sigue teniendo el numero 6B enfrente… ¡Es sólo una maldita puerta, no va a cambiar aún si la miras otras dos horas! Sólo toca y acaba con esto.
               Álex juntó toda su fuerza de voluntad y nunca pensó que llamar a una puerta fuera a resultar tan difícil. Pero finalmente logró hacerlo. Dio tres toquidos y esperó. Un profundo silencio fue la única respuesta que tuvo. Dudoso llamó de nuevo, esta vez con más fuerza. En esta ocasión si obtuvo respuesta: desde dentro del departamento una profunda y masculina voz exclamo:
- ¡Un momento por favor!
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Álex al oír esa voz. Quería saber a quién le pertenecía y al mismo tiempo deseaba no averiguarlo nunca. Su estomago se retorcía presa de de sentimientos encontrados y por un segundo pensó que tomaría sus cosas y saldría corriendo escaleras abajo. Pero antes de que pudiera mover un músculo la puerta se abrió. Un hombre de treinta y tantos años, alto, mal rasurado, de torso desnudo y complexión atlética, salió y miró a Alex con desconcierto.
- ¿Alejandro?
          - Hola… Papá  -El súbito silencio sobrecogió a Alex. Tal vez había ido demasiado lejos llamándolo papá, después de todo era la primera vez que se veían, al menos que él recordara. Con angustia miró el rostro del hombre y vio pasar a una velocidad increíble la mas amplia gama de emociones: sorpresa, temor, confusión, angustia, alegría. 
           - …Eh… Perdón… Señor Héctor, yo… - balbució Álex sin saber qué hacer. El silencio ya se prolongó más lo imaginado y  tal él vez había esperado demasiado; después de todo se apareció de la nada esperando ser recibido. El hombre no lo dejó continuar, de improviso envolvió a Alex en un fuerte abrazoy el chico se perdió en la sensación de los fuertes brazos rodeándolo y un sutil aroma que le pareció muy familiar. Sorprendido por la reacción de su padre, tardó en corresponder el abrazo. Con torpeza extendió los brazos y rodeó el torso desnudo de Héctor sintiendo la textura de la suave piel y la firmeza de los músculos.
                - ¡Alex, lo siento, lo siento tanto…! - Susurro Héctor en un tono que denotaba que había roto a llorar. El muchacho entendió enseguida. Su padre se disculpaba por su ausencia, por no estar presente. Había una gran sinceridad en esas lagrimas; incluso si Alex no hubiera sabido la verdad lo habría perdonado. Aquel contacto, las palabras, las lágrimas, actuaron como un bálsamo sobre Álex. Toda su angustia se disipó. Ahora estaba en casa con Héctor, su padre.

Rindiéndose al sentimiento, Álex se fundió aún más en el abrazo, clavando su rostro en el amplio y tibio pecho de su padre. El aroma que había percibido antes lo llenó más profundamente, se desprendía de aquella suave piel y su tono almizclado y agradable lo devolvió a su infancia. Tras varios minutos, fue Héctor quien puso fin al contacto. Álex se separó de mala gana y cuando levantó el rostro vio en la cara de su padre una enorme sonrisa, aunque sus ojos estaban enrojecidos.
- ¿Por qué lloras? – preguntó Alex al mismo tiempo que notaba sus propias lagrimas bañaban su rostro.
                - Porque estoy muy feliz de verte aquí – respondió Héctor para después besar precipitadamente a su hijo en la frente, las mejillas, los labios – Pero entra, por favor. Hay mucho de que hablar.
La invitación sacó a Alex de su sopor. Había estado pensando en lo suaves que eran los labios de su padre, o ¿Debía llamarlo señor Héctor? Aún no lo sabía. Mientras meditaba en esto tomó sus cosas y entró al departamento.
La sala estaba decorada de una manera sencilla pero con buen gusto; una gran pantalla de plasma dominaba la pared mas lejana y mas allá se distinguía un comedor y la cocina; al fondo un pasillo probablemente conduciría a las habitaciones.
    - ¿Te gusta? No es mucho, pero cuando quieras esta es tu casa.
                - Gracias Pa… ¡Digo! Señor Héctor.
                - Asunto complicado ¿no? – replico Héctor riendo – Nunca me habían llamado papá.
                - Te… ¿Le molesta? – inquirió Alex mientras se sentaba en la amplia sala.
             - En absoluto, pero creo que difícilmente me he ganado ese apelativo ¿No crees? Me parecería injusto pedirte que me llames papá así como así. Pienso que tú debes decidir como llamarme: Papá, Héctor, Sr de la Huerta…
                - ¿O sea que puedo decirte Héctor? ¿Y hablarte de tu? – preguntó Alex con un brillo travieso en los ojos.
                - ¡Por supuesto! – respondió Héctor sonriendo con alegría – Al menos así sabré que cuando me llames papá es porque me lo he ganado.
                Alex apenas podía creerlo. Su padre resultó ser un hombre inteligente y comprensivo; nada que ver con la negativa imagen que su madre había alimentado durante tantos años.
                - Y ahora… – dijo Héctor retomando el hilo de la conversación – Se que es un tema delicado, pero necesito saber qué haces aquí ¿Recibiste mis cartas? ¿Tu madre sabe que viniste a verme? ¿Por qué no intentaste comunicarte conmigo antes?
            Álex dejo escapar un suspiro. Era aquí donde la cosa podía ponerse fea ¿Debía contarle de los contantes problemas en su casa? ¿Qué sabia toda la historia de Héctor y su madre? ¿Debía decir que estaba al tanto de sus preferencias sexuales?  ¿Cómo expresar tanto en sólo dos segundos?
- Encontré tus cartas hace poco – empezó Alex luchando con el nudo que sentía en la garganta – Mi madre las ocultó durante todos estos años… Las leí todas. Lo sé todo; no tienes porque disculparte de nada. Lo entiendo… Si no me puse en contacto antes es porque no sabía que yo te importaba.
                - ¡Tú eres lo mas importante en mi vida! –exclamó Héctor.
                - Eso lo sé ahora.
               - Sin embargo eso no explica qué haces aquí. Aún eres menor de edad, legalmente no puedes elegir con quien vivir, no al menos hasta que cumplas los 18 años en seis meses. Así que asumo que te escapaste de casa de tu madre – Alex asintió - ¿Por qué?
                - ¡Ella ya no quería verme, y yo no podía soportar vivir así, con ella ignorándome!
                - ¿Por que hizo eso? – inquirió Héctor visiblemente molesto.
                - Porque… decía que… ¡Me parezco demasiado a ti!
Un tenso silencio cayó sobre ellos. Héctor sopesó las palabras de su hijo y entendió inmediatamente. Una vez más se acercó y envolvió a Alex en un abrazo lleno de amor y comprensión. El chico temblaba mientras que lágrimas de rabia escapaban de sus ojos.
- ¡Shh, tranquilo, no llores! –susurró su padre- Sé lo que estás pasando y aunque casi no hemos convivido créeme cuando te digo que te amo como eres.
Álex se tomó unos minutos más en calmarse, tras los cuales levantó el rostro, se secó las lágrimas e intentó sonreír.
- ¿Sabes? – exclamó Álex con voz pastosa – Cuando leí tus cartas vi que eras una buena persona, muy amable y muy normal, y que podía contar contigo. Por eso vine aquí.
                - No apruebo el medio – replico Héctor – pero hiciste bien en venir aquí, aunque hubiera preferido que te hubieras comunicado antes. Podría haberte ayudado más… Esta ciudad, por ejemplo, aunque te parezca aventurera y agradecida, siempre termina convirtiéndose en una amenaza constante…  Pero bueno, lo importante es que estás aquí.
Y de nuevo el silencio, apenas rasgado por la profunda respiración de los dos hombres.
-De hecho sabia que vendrías. ¡Lo intuía! –dijo Héctor por fin.
                - ¿A qué te refieres?
                - Pues, si leíste las cartas sabes que esperaba que pudieras visitarme  una vez que cumplieras los 18. ¡Lo deseaba con toda mi alma m’hijo!
                - Lo sé.
                - Entonces ven, te tengo una sorpresa. 
Héctor se levantó del sillón y le tendió la mano a Alex. El chico obedeció y se dejo conducir por el pasillo hacia el fondo del departamento. Tras pasar de largo un par de habitaciones se detuvieron frente al último cuarto del lugar. Héctor, con una reverencia teatral le invitó a su hijo a entrar. Al asomarse, Alex vio un cuarto amplio, bien iluminado y en claro proceso de remodelación, lo que explicaba el por qué Héctor había abierto la puerta con el torso desnudo: estaba trabajando en el cuarto.
               - Este es tu cuarto – Explico Héctor – O lo será cuando este arreglado y amueblado. Te me adelantaste por seis meses.
                - ¡Me encanta! ¡Gracias papá! - Invadido por la alegría Alex pegó un brinco y abrazó a Héctor por el cuello, plantándole luego un beso en la mejilla.
                - ¡No es para tanto!
                - Si, lo es. ¡Lo hiciste pensando en mi! – Y nuevo Álex volvió a besarle, sólo que esta presa de la emoción, plantó su beso directamente en los labios de su padre.
                - ¡Vaya! Efusivo el niño ¿Eh? –exclamó Héctor, confundido.
                - Perdón.
                - ¡No te preocupes, muchacho!– sentenció Héctor mientras se deshacía del abrazo de su hijo y lo encaraba con expresión seria. Álex se sintió sobrecogido ante aquella intensa y masculina mirada. Encontraba ese rostro de facciones angulosas y barba mal rasurada terriblemente atractivo – Hay algo que me sigue preocupando mucho –dijo- Tenemos que llamar a Erika.
                Aquello fue todo lo que Álex necesito para apartar el pecaminoso pensamiento que había reptado en su cabeza. Incómodo, se alejó de su padre sin saber qué decir. Tras un par de segundos Álex recuperó la compostura lo suficiente como para susurrar una pregunta.
- ¿Por qué tienes que llamar a mi madre?
                - Porque es necesario – Álex torció el gesto, pero su padre no se amilanó – No me malentiendas. Creo cada palabra que me contaste pero no quiero que piense que te secuestré o algo así. Quiero tenerte aquí, conmigo – Aseguro Héctor – Y será por las buenas ¿Entiendes?
Álex estaba sorprendido. Su padre había sabido lo que pensaba incluso antes de que abriera la boca. Sin duda era debido a que tenía experiencia tratando con adolescentes; pero lo más importante: había demostrado que confiaba en el. Con esto en mente, asintió, en respuesta a la pregunta que su padre le había hecho. Sonriendo, Héctor se volvió y entró a su habitación en busca del teléfono; Alex lo siguió distraídamente hasta el umbral del cuarto y tras recargarse en el marco de la puerta dejó sus ojos vagar por la fisonomía de su padre.  Y mientras Héctor hablaba por el auricular, Alex se sorprendió de no haberlo notado antes. A sus 35 años su padre tenía un físico envidiable, fruto de una vida de ejercicio; sin contar su trabajo como entrenador de un equipo de natación en una escuela particular. Sus 1.85 metros de altura armonizaban con un torso delgado, definido, de pectorales firmes y abdomen bien esculpido. Las caderas eran estrechas y aunque la parte inferior del cuerpo estaba cubierta por un holgado pants, se adivinaban las formas de unas bien redondeadas nalgas, y unas piernas de firme constitución. Sin embargo, lo que más llamó la atención de Alex fue el suave vello que ayudaba a definir aquel cuerpo de Adonis. A diferencia de la costumbre de los nadadores, Héctor no se rasuraba el vello, de hecho todo el pecho estaba cubierto de una aterciopelada sombra de vello que bajaba por el abdomen en una línea que rodeaba el ombligo y se perdía dentro del pants.
-Álex – exclamo Héctor en voz alta devolviendo al chico a la realidad de golpe – Quiere hablar contigo.
La mente de Álex tardó un par de segundos para reaccionar. Tras mirar a su padre a la cara se dio cuenta de que no había nada que quisiera escuchar de su madre. Su huída había expresado todo lo que quedaba por decir. Con suavidad negó con la cabeza. Su padre entendió.
            Héctor hizo amago de llevarse el auricular al oído, pero tras pensarlo un segundo lo apartó nuevamente y agregó:
- Esto puede tardar… Y probablemente se ponga feo. No me molesta si te quedas y oyes la conversación, pero si quieres esperar en la sala sería lo mejor.
Álex asintió. Su padre tenía razón: él no quería estar ahí. Dio la vuelta y se encaminó a la sala. Mientras caminaba por el pasillo la mente del chico comenzó a dar vueltas. Lejos de preocuparse por el resultado de la conversación, sus pensamientos estaban enfocados en una pregunta ¿Qué eran esas ideas que empezaban a surgir? ¿Por qué, por un momento, había visto a su padre con lujuria? No hacia ni media hora que había clavado su rostro en el pecho de su padre y no había sentido ninguna atracción; por el contrario se sintió protegido, como un niño pequeño. Luego estaba el beso… había sido accidental ¿Cierto? O ¿tal vez significaba algo más? ¿Algo más que … qué? Simplemente un hijo que siempre añoró poder besar a su padre con cariño, claro. Desde niño. Pero no terminaba de estar convencido del todo. Un pinchazo de vergüenza le invadió el cuerpo. ¿Qué estaba pensando? Ese tipo de cosas no eran normales en una relación padre – hijo, luego entonces tampoco sabía mucho del asunto. Sacudiendo la cabeza Alex intento apartar la cuestión de su mente. A través de la casa le llegaba el amortiguado murmullo de la discusión de sus padres,  pero sus propios pensamientos gritaban más fuerte. Desesperado buscó el control de la TV y la encendió. Necesitaba algo que acallara su mente y con esta distracción se acomodó en el sillón y desconecto sus pensamientos.
Al cabo de 45 minutos Héctor entró a la sala y se sentó en el sillón contiguo. Álex, ansioso, miró a su padre. Se había puesto una playera holgada y cómoda y en su rostro se reflejaba el mal rato que acababa de pasar.
- Siento que haya tomado tanto tiempo, pero ya sabes, tu madre es bastante obstinada – explicó Héctor rompiendo el silencio.
                - ¿Qué te dijo?
                - Bueno… me explico de manera bastante… “florida” lo mismo que tu me habías dicho; me llamó por varios apelativos que prefiero no repetir y terminó deseando que disfrutáramos nuestra eternidad en el infierno.
                - Si, suena como ella… Papá… Ella… No quiere saber nada más de mi ¿Verdad? Eso era lo que quería decirme ¿No? – Héctor no dijo nada, pero su silencio era respuesta suficiente.
                - Álex lo siento mucho. Lo importante es que nos la quitamos de encima y que ahora tienes un hogar conmigo.
                - Gracias – Álex abrazo nuevamente a su padre, pensó que rompería a llorar, sin embargo sólo sentía un desagradable vacio al confirmar lo que ya sabía. Ahora su madre era cosa del pasado.
                - Se que debe ser muy difícil para ti, pero… no la odies –continuó diciendo su padre- Ella ha sufrido mucho, claro, fruto de sus decisiones; pero aun así, más que odiarla deberías compadecerla.
                - ¿Por qué dices eso?
                - Bueno… no sé si sabes esto, pero cuando estábamos en la preparatoria ella era mi mejor amiga. Sabía todo de mi, incluso de mis gustos y a pesar de saberlo se enamoró de mi.
Los ojos de Alex se abrieron con sorpresa.  Nunca imaginó que su madre, aquella mujer tan rígida y fría hubiera sido joven y conocido el amor.
- Cuando me enteré del asunto – continuó Héctor – hablé con ella. Le dije que me sentía alagado pero que no podía corresponderle. Ella se enojó conmigo. Pensé que con el tiempo ella entendería y volveríamos a ser amigos, pero no fue así. Se encaprichó más. Luego llegó el día de la fiesta de fin de curso. Nos pusimos una borrachera monumental y bueno, ya sabes lo que pasó.
                - ¿Cómo te enteraste que estaba embarazada? – preguntó Alex.
                - Ella me lo dijo. Creí que lo correcto era ser responsable y casarme con ella – Álex lo miró incrédulo - ¡No me mires así! Era otra época. Además hablé con ella. Le deje claro que lo hacía por ti, no por que estuviera enamorado de ella, pero al parecer nunca lo entendió. Intenté por todos los medios que funcionara, pero al cabo de un año la situación era insostenible. Sus padres intervinieron. Luego el divorcio y me quitaron la custodia. Lo demás supongo que ya lo sabes.
Álex asintió, ya había leído esa historia en las cartas.
- Entonces entenderás que Erika vivió siempre así; amargada, aferrada a un amor que no podía corresponderle en vez de buscar la felicidad con alguien más. Se llenó de ese odio y desafortunadamente cuando ella empezó a sospechar de tu orientación…
                - Creo que lo entiendo, fue demasiado para ella.
El odio que Alex sentía amainó un poco. La perspectiva de su padre le hizo ver lo triste que su madre estaba y decidió que tal vez,  algún día podría perdonarla… Y entonces un súbito y escandaloso gruñido escapó del estómago de Álex. Apenado se llevó las manos al abdomen y se encogió en el sillón sonrojándose. Héctor se rio ante la cómica reacción de su hijo. Álex se sonrojó aún mas.
- ¡Lo siento hijo! – se disculpó Héctor- No me había dado cuenta de la hora. Dime ¿Te gusta la pizza? – Alex asintió – Bien, déjame pedir algo ¿Ok?
                Héctor se levantó del sillón y tomó el teléfono de la sala. Al cabo de un par de minutos la orden estaba hecha.
            - Te van a gustar estas pizzas, están cerca y son deliciosas. Las como más seguido de lo que debería.
        - Entonces ¿óomo haces para mantener ese físico? – soltó Alex descuidadamente y se sonrojó al instante.
– Bueno en mi trabajo quemo muchas calorías -  respondió Héctor, que para tranquilidad de Álex no había malinterpretado el comentario de ninguna forma – Por cierto, también tienes buen físico ¿ejercitas?
          - Un poco… - Balbució el chico luchando contra su bochorno que estaba aumentando de manera escandalosa.
              - ¿Qué haces? – Insistió Héctor.
              - Eh… corro y hago gimnasia.
              - ¡Se nota! Se ve que los pectorales y los brazos los trabajas bastante.
El timbre interrumpió la conversación, Héctor se volvió mirando la puerta.
- Debe ser la pizza – Álex le dedicó una nerviosa sonrisa como respuesta, tras la cual el hombre se dirigió a recibir su pedido.               
Tras abrir la puerta, su padre conversaba con alguien en la puerta y el sonido de aquella plática, por alguna razón lo molestaba en demasía. La sintió como una intromisión injustificada a la intimidad que ambos, padre e hijo, recién estaban iniciado.
- ¡Sr Héctor! ¿Cómo está? 
             - Excelente –oyó Álex a su padre responder- ¿Qué paso contigo? No te he visto en estos días.

             ¡Escandaloso! Su padre conocía al dueño de aquella voz, el repartidor de pizzas, y éste había incurrido en la osadía de llamarle Héctor a su padre, con la misma familiaridad con la que se hubiera dirigido a cualquiera de sus amigos. ¡Intolerable! Álex tuvo que acercarse hacia el  umbral de la puerta, y se inclinó hasta un ángulo incomodo donde lograba ver con claridad al interlocutor de su padre.Se trataba de un chico de unos 20 años, masculino, de tono musculoso y bastante apuesto. Mientras más lo contemplaba, más sentía su estomago retorcerse. No le agradaba aquel tono familiar que tenia con su padre. ¡Ya casi parecía que le coqueteaba! ¿Y qué pasaba con Héctor? ¿Es que no se daba cuenta del descaro del chico? ¿O era que su padre consentía ese sutil coqueteo? Justo cuando estaba por estallar, el chico se despidió y su padre cerró la puerta. Como una bala, Álex trotó de nuevo al salón.
- ¿Te pasa algo hijo? – preguntó Héctor al dar la vuelta y ver la incómoda posición en la que álex estaba sentado, pero sobre todo al notar la expresión de su rostro.
                - ¿Quién era ese? -replico Alex dejando traslucir más desprecio del que quería en sus palabras.
                - ¿El repartidor? Es un ex alumno se llama Mateo ¿Por? No me digas que…
                - ¡No, papá! No es… - balbució Alex al darse cuenta de que sufría los síntomas de un ataque de celos.
                - Te gustó ¿Cierto? – Héctor sonrió con complicidad y tras menear la cabeza dijo en tono sutil – No te culpo, es bastante atractivo – Súbitamente el hombre cambio su tono y expresión por uno más autoritario - ¡Pero es demasiado mayor para ti! Además es hetero… o eso creo. le coquetea a todo lo que se mueva, es todo un don Juan.
Una sonrisa se reflejó en el rostro de Alex. Era lindo ver a Héctor tomar el papel de padre preocupado, sin embargo había algo que lo molestaba. El tal Mateo había sido un alumno y Héctor había admitido que era bastante atractivo; además si fue su entrenador lo había visto en traje de baño, tal vez incluso desnudo. Además estaba al tanto de sus coqueteos ¿Le había seguido el juego?
- Álex, ¿seguro te sientes bien?
                - Si, bien... – respondió él, deteniendo su tren de pensamiento. No le gustaba a donde se dirigían de todas formas – Es que… me duele el cuello y la espalda-dijo al fin, por decir algo.
                - ¿Qué te pasó?
                - Fue en el avión – replico rápidamente justificando su pretexto – ¡Ya sabes como son de incómodos los asientos en clase turista! Su voz, cómicamente, sonó como la de un asiduo viajero, experto usuario y exclavo de Aeroméxico.
                - Entiendo.
 Héctor hizo una pausa para tomar una rebanada de pizza, tras lo cual agregó :
-Si quieres después de cenar te das un baño y te doy un masaje, con eso segura se te quita el dolor.
                - Suena genial – respondió su hijo haciéndose también de una rebanada de pizza.
La cena fue tranquila y agradable. La conversación, para tranquilidad de Álex se desvió a temas mas mundanos. Su padre estaba muy interesado en conocer sus gustos y opiniones. Por su parte Álex hizo otro tanto preguntando acerca de la vida de su padre. Fue un agradable quid pro quo. Todo lo que escuchaba le ayudó a reafirmar aquella imagen de hombre confiable y comprensivo. Por fin Héctor se levanto de la mesa y estirándose exclamó:
- ¡Vaya! Ha sido un día largo y mañana tengo que trabajar.
                - Discúlpame, te estoy desvelando.
                - Nada de eso. Es sólo que han sido muchas emociones en un día y aún hay ajustes que hacer.
                - ¿Cómo cuales?
                - Ven – respondió Héctor tomando la maleta de su hijo y llevándola por el pasillo hasta su habitación. Alex entendió enseguida; mientras no compraran los muebles para su cuarto sólo tenían una cama. Viendo el entendimiento en la mirada de su hijo, Héctor exclamo – Estoy dispuesto a cedértela.
                - ¿Y donde dormirás tu?
                - En la sala.
                - ¡De ninguna manera! – replico Álex – Yo soy el invasor, yo duermo en la sala.
                - No lo permito. Eres mi hijo y te quiero en la cama. Además la sala no es muy cómoda para dormir.
                -¿Y por qué vas a dormir tu ahí entonces?
                - Alex…
                - Tengo una idea mejor – intervino el chico – Podríamos dormir ambos en la cama.
                - No es mala idea. La cama es grande y si no te molesta compartirla…
                - ¡Por supuesto que no papá!Aademás será solo por unos días ¿no? – Héctor asintió.
                - Bien, solucionado –sentenció su padre- ¡Esto…! Me urge darme un baño ¿Te molesta si voy primero?
                - No –contestó Álex- Así me da tiempo de acomodar mis cosas.
Tras asentir satisfecho, Héctor comenzó a desvestirse. Álex no se lo esperaba: su padre se desprendió de su playera y pants con una soltura impresionante y al cabo de un par de segundos estaba desnudo ante el. Álex no pudo evitar regodearse la mirada con semejante espectáculo. Aquel fornido torso que había contemplado antes con avidez, armonizaba, como ya sospechaba, con un par de piernas delgadas y musculosas. Unas redondeadas y respingonas nalgas remataban las caderas estrechas y firmes; pero lo que más maravilló a Álex fue el miembro viril de su padre. A pesar de estar en reposo tenía una dimensión respetable. Con elegancia, colgaba flácido al frente de sus dos testículos, cubriéndolos por completo; el oscuro y mullido vello que lo rodeaba contrastaba con el hermoso color rosado de aquella íntima parte.
                - ¡Discúlpame! – exclamó Héctor al notar la mirada sorprendida de su hijo – Cuando vives solo te acostumbras a andar desnudo  cualquier hora, y como en el trabajo, andar en los vestidores así no es raro…
              Álex sacudió la cabeza intentando eliminar las imágenes de su padre desnudo caminando por todos lados.
  - No, no te preocupes… No hay problema… Sólo me tomó por… sorpresa.
              -¡Eres un gran chico! – exclamo Héctor acariciándole la mejilla – ¡Nos llevaremos de maravilla!  Y con esto salió del cuarto llevándose una toalla consigo.
Álex se tiró sobre la cama. Una potente erección se abultaba en su entrepierna y su corazón latía a mil por hora. El sonido del agua lleno el silencio de la casa, y Alex vio su mente llena de imágenes del cuerpo desnudo de su padre, cubierto de gotas de agua. Su erección aumentó aún más si cabe, alimentada por la sangre que su adolescente corazón bombeaba. Ansioso, rodó hasta quedar boca abajo en la cama. Su mente era un desastre. No podía seguir así, con la verga tiesa, ya el primer día de encontrarse con su padre. Haciendo uso de toda su fuerza de voluntad intentó controlarse, repitiéndose una y otra vez, como un mantra “es mi padre”, “no debo pensar así en él”. El mantra pareció funcionar y al cabo de un par de minutos había logrado contener sus pensamientos y su erección. Sentándose en la cama dio un prolongado suspiro. No lograba entender exactamente qué era lo que le había excitado tanto sexualmente. El día estaba resultando ser extremadamente largo y agotador. Sus hormonas tal vez se habrían rebelado. Héctor era su padre. Sabía que debía –y tenía- que quererlo y dado el tipo de persona que era, no resultaba complicado. Pero ¿La atracción? ¿De dónde salía? Hasta donde él sabía, sentir una atracción así por tu padre era antinatural, pervertido y le llamaban incesto. Sólo con pensar en esa palabra, era como arder en el infierno de por vida. Pero la relación que iniciaba con Héctor distaba mucho de ser normal, y la única verdad era que él se había criado sin su padre, y ahora ambos estaban bajo el mismo techo. ¡Era normal tener las emociones a flor de piel! Tal vez con el tiempo y la convivencia, esos lazos emocionales con su papá se definirían mejor y asfixiarían cualquier otro pensamiento que sintiera por él; o al menos eso esperaba.
El sonido del agua cesó y Héctor estaba por salir. Álex se espabiló y se prestó a salir del cuarto.
- Veo que estás listo – exclamo Héctor mientras salía del baño. Llevaba una toalla enrollada en la cintura y con otra se secaba el oscuro y lacio cabello.
            - Si… - respondió Alex balbuceante. No atinó a decir nada más. Toda su concentración estaba enfocada en no mirar aquel cuerpo que lo hacía imaginar las escenas más pecaminosas y acaso repugnantes.
            - Bien. En el baño hay todo lo que necesites. Si se te ofrece algo dímelo.
            - Si…
            - ¡Ah! Y no te vistas cuando salgas.
            - ¿Perdón? – Los ojos de Alex casi se salen de sus orbitas al oír estas palabras.
            - Si, por lo del masaje. ¿El dolor del cuello?
            - ¡Ah! Claro. Si.
Álex se escurrió hasta el baño antes de que su excitada imaginación se llevara lo mejor de si. Tras cerrar la puerta suspiró aliviado y comenzó a desvestirse.
                - Soy un idiota – se dijo mientras se despojaba de su ropa – Incluso si la atracción que sintiera por él fuera “normal” ¿Por qué habría de hacerme caso?
            Y de nuevo, el mantra regresó con todas las letras: es mi padre, es mi padre… Y sin embargo, fue inevitable ver a su padre como un hombre muy atractivo. Seguramente saldría con alguien,  se dijo Álex, aunque no hablaron de ello. Era natural, con esa apariencia y siendo soltero. Y una cosa le llevó a la otra: Álex se encontró pensando en cuántos hombres habían pasado por la cama de su padre… Seguramente hombres tanto o más apuestos que él mismo... Hombres de verdad, no adolescentes sin experiencia… Finalmente Álex se miró al espejo contemplando su cuerpo desnudo. No era mal parecido; había heredado de su padre los rasgos angulosos, los hombros anchos, la estatura; sin embargo sus ojos dorados y su cabello castaño y rizado los había heredado de su madre. A sus 17 años tenía un cuerpo delgado, definido y bien desarrollado; fruto de un esmerado entrenamiento en la gimnasia, incluso había ganado algunos torneos. Con manos temblorosas acarició su cuerpo, y dejándose llevar pasó sus dedos por sus pectorales y su abdomen marcado y  recorrió las líneas de vello claro que sombreaban su piel.  Alex sabía que tenia atractivo, después de todo lo había heredado de su padre. Pero no pudo evitar preguntarse qué clase de hombre le gustaba a su padre.  Recordó al tal Mateo. A pesar de estar vestido, Álex se dio cuenta del magnífico cuerpo que el chico poseía. Su padre lo había entrenado. Tal vez a su padre le gustaban los jóvenes de cuerpos fibrosos y ejercitados, después de todo había aceptado los coqueteos de Mateo y si era así… ¿Cuántos de sus alumnos habrían pasado por su cama? ¿Mateo había sido uno de ellos? Sin darse cuenta su mente regresó a la imagen de su padre desnudo bajo la regadera, relajándose tras un día de práctica con sus alumnos, tal vez Mateo o tal vez algún otro, alguien como Alex, que se acercaría a él, también desnudo, listo para recibir las caricias de su entrenador. 
Aquella idea fue lo que detono todo. Alex sintió su piel ardiendo. Su miembro se endureció de manera inmediata extendiéndose en toda su longitud, reclamando ser satisfecho, ya sin excusas. Casi sin darse cuenta llevó su mano hacia su sexo, lo asió con fuerza, y comenzó a masturbarse.  La fantasía que dominaba su mente, era lo que guiaba sus movimientos. Se vio en un sórdido y oscuro vestidor, estaba vacío y junto a él estaba Héctor, su entrenador, desnudo, sudoroso, jadeante y con una erección bestial. Se imaginó tocando aquel cuerpo, cediendo a sus más bajos instintos, dejándose poseer de todas las maneras posibles por ese glorioso espécimen masculino que era su entrenador y también su propio padre. Había tanto placer en esa entrega,  tanta satisfacción y realización, que no pudo contenerse. Álex abrió los ojos, la imagen que reflejaba el espejo le sobresaltó: su mano izquierda acariciaba su cuerpo, su boca abierta ligeramente, mostrando un sutil gesto de satisfacción; su mano derecha aun estaba sujetando su miembro, erecto como nunca. La violácea cabeza aún goteaba semen y la mayor parte de su reciente eyaculación yacía escurriendo en el espejo, trazando blancuzcas líneas. Álex profirió un escandaloso gemido, tanto de satisfacción como de sorpresa.
- ¿Álex éstas bien? – La voz de Héctor tenía un deje de preocupación -¿No estás ya bajo la regadera?
            - ¡Si! – Respondió Álex sobresaltado – Es que me pegué en el dedo gordo del pie.
            - ¡Ok, ten cuidado!
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Autor: N. Argueta
FIN de la primera parte.
Pueden/Podéis enviarme sus relatos a: umbral_1@yahoo.es